¿A QUÉ VIENES?
Había una vez un hombre, que desde hacía ya demasiado tiempo se encontraba enfermo y los médicos no daban con la solución para mejorar sus dolores físicos, ni la depresión en la que estaba sumido.
El hombre se sentía tan mal en todos los aspectos, que el mismo decía que, hacía años que le dolía todo el cuerpo, que se sentía hundido y que le dolía hasta el alma.
Un día, alguien que le oyó, le dijo que había un sabio en un pueblo vecino, al que todos conocían por el curandero y que podría ayudarle. El hombre, desesperado por mejorar, decidió ir a visitarle.
Así al día siguiente, fue a casa del curandero y cuando llegó, golpeó la puerta. El curandero abrió y le dijo: “¿A qué vienes?”.
- “Vengo para que me cures”, respondió el hombre.
- “Te puedes marchar, vuelve mañana”. Fue todo lo que le dijo y cerró la puerta.
El hombre, asombrado y un poco decepcionado, decidió repetir al día siguiente, “igual hoy tiene una mal día”, pensó.
Al día siguiente, pasó exactamente lo mismo que el día anterior. El hombre fue a ver al curandero y este al recibirlo, le preguntó: “¿A qué vienes?”. El hombre le respondió: “Vengo para que me cures”, y el curandero le respondió amablemente: “te puedes marchar, vuelve mañana”.
Pasaron unos días, y cada día se repetía la misma situación. El hombre, que no cesaba en su empeño, se preguntaba: “¿puede ser que el curandero no sepa qué tiene que hacer con mi caso?”, “igual, el curandero, quiere saber si confío en él de verdad”, “¿es posible que esto forme parte del proceso de curación y me esté curando sin que yo lo sepa?”…
El hombre, empezaba a cansarse de la situación, llevaba ya muchos días visitando al sabio, al que llamaban curandero y siempre, se repetía exactamente la misma situación, las mismas palabras… Y él no mejoraba nada, más bien al contrario, se sentía aún más desesperado y frustrado que al principio.
Un día, pasadas varias semanas, el hombre, cansado, frustrado, enfadado por la situación que estaba viviendo, sintiendo que no era justo el trato y la falta de interés del curandero, decidió acudir una vez más.
Llegó hasta la casa, golpeó la puerta y el curandero le abrió y le dijo: “¿A qué vienes?”
- “Vengo para que…”, paró, inspiró profundamente y dijo: “Vengo para curarme”.
- “Pasa y siéntate”, le contestó el curandero.
Mònica G.

Así es Mónica, así es... esperamos muchas veces, que las soluciones vengan de fuera, sin poner nosotros mismos el máximo por nuestra parte. Gracias una vez más por esta sabia reflexión.
ResponderEliminarGracias a ti, MCarmen, por tus comentarios y por leerme, me animas a seguir escribiendo. Un abrazo guapa!
EliminarHola Mónica, gracias por tus escritos, a mi me gustan mucho y te aplaudo para que sigas. un abrazo grande.
EliminarHola Júlia, muchas gracias por tus palabras, sin duda que me anima a seguir escribiendo. Un abrazo guapa!
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